El precio de la aznaridad

El último atentado de Barcelona, que en sí mismo es una batalla más dentro de la complejísima guerra asimétrica de reconfiguración mundial abierta desde la segunda guerra de Irak y, más en concreto, desde que se abrió el frente mediterráneo en el año 2010 en Túnez , nos retrotrae sin embargo al cierre del aznarato con los atentados del 11-M. Estamos ante la caída definitiva de la pata que quedaba del Aznar-pujolismo. Es evidente que las consecuencias de los atentados tendrán un hondo calado –sólo hay que ver la columna enloquecida que firma Antoni Puigverd este domingoen toda la estructura política de la región. El jueves pasado esa furgoneta asesina se llevó algo más que inocentes turistas en su loca carrera, se llevó toda un régimen político que campeaba desde la transición. Seguir leyendo “El precio de la aznaridad”

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Finis operantis y finis operis de Albano Dante Fachín

Volvemos a la vieja divisa orteguiana: «¿Cuándo nos abriremos a la convicción de que el ser definitivo del mundo no es materia ni alma, no es cosa alguna determinada sino una perspectiva? Dios es la perspectiva y la jerarquía: el pecado de Satán fue un error de perspectiva». Si hay una perspectiva empobrecedora y reduccionista de esa pluralidad llamada España, que se resuelve en múltiples matices y tonalidades, esa perspectiva es la del señoritismo madrileño. El señoritismo madrileño es un punto de vista, un enfoque del mundo, que entiende la vida política como un orden de arriba abajo, una mentalidad ministerial.

El señoritismo madrileño no es –según el cliché comúnmente establecido- un centralismo jacobino, sino un fuerza ordenadora vertical. El señoritismo madrileño es un despotismo europeo. Reconocen las diferencias siempre que estas estén ordenadas. Son como esos blancos progresistas wasp de los Estados Unidos que se creen mejores por llamar «de color» a los negros, como si al cambiar un término resolviesen situaciones de represión y pobreza socio-políticas generadas históricamente.

Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se comportaron como auténticos señoritos madrileños, señoritos pata negra, cuando desembarcaron con Podemos en Cataluña. Llegaron allí con los artículos de Vázquez Montalbán en la cabeza, el cliché del Barça como algo más que un club, y la idea de un PSUC, ya desaparecido hace decenios, idealizado. Ellos, como esos turistas que van a Nueva York en busca de las localizaciones de sus películas favoritas, también querían su PSUC. Y como no había PSUC en la realidad de su tiempo, montaron uno de cartón piedra. Claro, el cartón piedra eran el sobrante, el detritus, los restos después del naufragio, de esa barcaza de oportunistas llamado Inicativa per Catalunya. Seguir leyendo “Finis operantis y finis operis de Albano Dante Fachín”

Desentrañando a Menón (I)

El Menón es un diálogo escrito por Platón, que lleva como subtítulo explicativo “De la virtud (o excelencia)”, y está considerado como un texto de su época de transición, fase posterior a la época de juventud en la que Platón prácticamente reproduce la doctrina de su maestro Sócrates, y anterior a la fase de madurez en la que plenamente aparece definido su sistema filosófico.

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Symploké hispánica (entre la espesura de la batalla)

De pronto, vio Fabricio a cuatro hombres que venían
del lado del enemigo a gran galope. «¡Ah!, vamos a
ser atacados», pensó. Pero vio a dos de esos hombres hablar
con el mariscal. Uno de los generales del séquito salió entonces
a galope hacia el lado enemigo, seguido por dos húsares
de la escolta y por los cuatro hombres que acababan de llegar.
Después de pasar todos por un canalillo, encontróse
Fabricio al lado de un sargento de húsares que tenía buena
cara. «A éste voy a hablarle -se dijo-, y así quizá dejarán de mirarme».
Meditó largo tiempo y se dirigió al sargento:

– Señor, es la primera vez que asisto a una batalla –dijo
por fin -. Pero, ¿esto es una verdadera batalla?

La Cartuja de Parma

Pedro Insua

El desconcierto de Fabrizio del Dongo, protagonista de «La cartuja de Parma», es uno de los momentos más brillantes de la novela de Stendhal. Del Dongo intuye que está en medio de un episodio histórico relevante pero, como nos pasaría a todos en ese caso, no es capaz de reconocerlo en el momento en el que se está desarrollando. Será tiempo después, con el poso de los años y la proyección histórica del acontecimiento, cuando llegue a la conclusión de que estuvo en medio de un hecho histórico de la trascendencia de la batalla de Waterloo. En este comienzo de siglo puede que todos vivamos bajo el desconcierto de Del Dongo; estamos en medio de la espesura de una batalla que abre una nueva etapa del Historia, envueltos por la humareda de los cañones y fusiles entremezclado con la bruma de los campos de batalla del norte de Europa, formando una espesura que se cierne como un manta sobre la realidad y bajo la cual nada es reconocible, lo viejo se vuelve cada vez más difuso y nos cuesta reconocer los perfiles de lo nuevo tras el velo de esa humareda.

Es muy atractiva esa metáfora de alguien en medio del desorden de una batalla. Así debe ser la guerra, es el parto de un orden nuevo que surge de lo que, en apariencia para el soldado de primera línea, es caos y confusión. La labor del filósofo sería servirnos de guía para poder orientarnos en el desconcierto. Un filósofo no tendría que decirnos que estamos en Waterloo, que tras esa batalla nacerá un mundo nuevo que es el de los Estados-nación industriales, pero al menos debería señalarnos las viejas formas que mueren y las que se perfilan como nuevas y, prudentemente, estar atento al desarrollo de esas nuevas formas. El filósofo tiene que ser ese soldado veterano que en medio del desconcierto y la locura mantiene el temple, aguarda acontecimientos y calma a los compañeros más jóvenes que se precipitan por el nerviosismo. Alguien que sabe más por lo que «no sabe», es decir, que reconoce que tácticas que se pueden desarrollar en un momento determinado, pero en otro, esas mismas tácticas exitosas, se vuelven peligrosas e inaplicables en un escenario nuevo y hay que improvisar no se sabe muy bien qué. El soldado veterano que en el momento en el que todos pierden los nervios, más que «saber» es capaz de discernir unos pocos elementos fijos en medio del caos e improvisar.

Uno de esos soldados podría ser Pedro Insua Rodríguez, al que en estos días Pedro J Ramírez ha envuelto en una operación propagandístico-ideológica desde su digital. Nosotros, los miembros del foro Repúblico Hispano, ya tenemos nuestros años y nuestras batallas, por su puesto no nos consideramos el tipo de soldado que describimos arriba, pero alguna cosa vemos. Sabemos que los que hoy reclutan a Pedro Insua, los que lo azuzan desde el periodismo contra «el peligro de el populismo», son los mismos que hace tiempo lo llamaron «joven nervioso» y lo comparaban con el Antonio Tovar falangista. Cuando sea necesario, lo volverán a hacer.

Desde la admiración a Insua, no podemos estar más en desacuerdo con las posiciones que toma con respecto a los fenómenos políticos de la actualidad. Vive Insua encastillado, completamente atrapado, en lo que en el argot del filomat llamaríamos sustantificación. Pedro Insua toma la idea de Estado-nación como sustancia pura y eterna. Y ahí, en el momento de aferrarse a esa interpretación, deja de ser un filósofo materialista. Porque el materialismo defiende que la filosfía se desarrolla en medio de la vida y los fenómenos, que no hay ideas puras y eternas. Nuestro admirado Insua, dominado por esa abstracción, se enfrenta al mundo como los generales franceses que plantearon la «línea Maginot» en la IIGM; pensando que estaban en una continuación de la primera, y el escenario, perenne, como si los decenios no hubiesen transcurrido, volvería a ser nuevamente una guerra de posiciones: la blitzkrieg les pasó por encima. Todo su pensamiento es obsoleto en tanto no plantea el concepto de soberanía nacional como modelo que se degrada y que sufre problemas en este comienzo de siglo, sino como molde puro y eterno de lo que es y siempre será. Seguir leyendo “Symploké hispánica (entre la espesura de la batalla)”