Pedro y el mito oscuro (España, nación fraccionaria)

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 Decía Aristóteles que el filósofo era amigo del mito porque gustaba «de lo maravilloso». Buena prueba de ello es Platón y su mito de «la caverna», mito canónico y fundante de la filosofía académica. Los mitos son la encarnadura de lo maravilloso, la herramienta que utiliza el filósofo para tratar de entender y explicar, en la medida de lo posible, un todo desbordante. Pedro Insua Rodríguez, que se dice filósofo de la tradición platónica, nos presenta su nueva obra dando razón al discípulo macedonio del sabio ateniense: «1492, España contra sus fantasmas» es un libro repleto de mitos.

El título no deja lugar a dudas, lo maravilloso recorre cada una de sus páginas. El ensayo se nos presenta como un conjunto de mitos encadenados. Y este conjunto, esta encarnadura mítica, cristaliza en espectros tenebrosos y oscuros que acosan a España y no la dejan descansar amenazándola. Nos encontraremos al pasar las hojas visiones terroríficas: como la presentación de Bin Laden en el Generalife de Granada, preparando razias y atentados varios contra la cristiandad; a Puigdemont disfrazado de Vellido Dolfos cometiendo las más viles traiciones a los españoles de buena fe; a fray Bartolomé de las Casas redactando la constitución bolivariana para el vil y antiespañol Hugo Chávez, preparando el terreno a los podemitas. Todo un mundo de maravillas y prodigios que Insua nos cuenta como en esas veladas de cuentos de fantasmas de crepitar de fogatas y linternas bajo las caras que se organizan en los campamentos juveniles para asustar a los niños.

Insua y los mitos oscuros

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Esta clasificación y señalamiento de las amenazas y peligros que afectan a la unidad de España, como desmitificación de otros mitos que impiden el buen discurrir del equilibrio y la estabilidad de la nación, es una exposición de carácter cuasi adolescente que reafirmará opiniones en dentro del entorno ideológico «liberal-esencialista» español, especialmente en ese magma electoral e ideológico que circula entre Ciudadanos y Vox, alternativas ya muy claras a un Partido Popular que también es acusado de la peor de las traiciones por el autor. Es una obra que engrana con la interpretación tradicionalista de otras como la de Elvira Roca Barea, Iván Vélez o Santiago Armesilla que introducen, escudándose en la escuela de Oviedo, tesis que convergen con grupos ultra o, mejor dicho, derecha alternativa, y que se articulan en los partidos políticos anteriormente señalados y en otras instituciones propagandísticas del tipo DENAES-VoX, Posmodernia, Intereconomía, Libertad Digital o el Español.

Pero nosotros tomamos el texto con las prevenciones y advertencias de Gustavo Bueno, maestro de Insua, la desmitificación que presenta Insua tiene más una finalidad política que filosófica: «La acción política coactiva de los emperadores romanos después de Constantino desmitificó, sin duda alguna, muchas ilusiones místicas alimentadas por religiones mistéricas (adoradores de Mitra, de Attis, de Cibeles, milagros y supersticiones promovidas por magos, chamanes o hechiceros): pero a condición de instaurar una nueva mitología» [pag. 38, «El mito de la cultura», Gustavo Bueno, 1996, Prensa Ibérica]. Es evidente que en el libro es un ejercicio de lo que señala arriba el profesor Bueno.

Pero, ¿qué clase de mito nos propone Pedro Insua como reemplazo a los mitos que nos perturban? ¿Qué clase de mitos son los que se levantan en la obra? Gustavo Bueno planteaban dos clases de mitos: los luminosos y esclarecedores, como el «mito de la caverna» platónico; y los mitos oscuros o confusos que explica así: «Sin embargo, es preciso constatar la efectividad de un cierto tipo de mitos que, sin perjuicio de que sean reconocidos críticamente como tales, son entendidos como si estuvieran situados más allá o por encima del logos, incluso contra el propio logos. Son mitos oscuros, misteriosos, gratuitos, sean icónicos o abstractos» [pags. 43 y 44, «El mito de la cultura», Gustavo Bueno, 1996, Prensa Ibérica]. Nosotros ponemos a esta obra de Pedro Inusa, «1492, España frente a sus fantasmas», claramente en la segunda clasificación de Gustavo Bueno.

Insua sitúa la esencia de España por encima del propio logos del hecho histórico español. No vacila en retorcer lo que tenga que retorcer para que el discurrir de la Historia de España se adapte a sus conclusiones finales, y cerrar cualquier interpretación duda o perspectiva distinta que la reflejada en esos otras novelas maravillosas, como le propio libro de Insua, que son los libros de Historia de España del siglo XIX.

El confinamiento esencial español

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«La sociedad española actual procede de la sociedad que se origina en las montañas de las cordilleras cantábricas y pirenaicas y que tiene en el 722, en Covadonga, el hito o punto de inflexión […] Un proceso que desencadena, además de la propia abolición o reforma del tejido institucional (imperial) previo sobre el que recaen esas transformaciones, la emancipación paulatina de las repúblicas americanas (y del Pacífico) hasta terminar en el «confinamiento» peninsular de la nación española» [pags. 31 y 32, «1492, España contra sus fantasmas», Pedro Insua, Ariel] Aquí está el núcleo , el punto de apoyo, sobre el que pivota toda la obra: la delimitación de la Historia de España a una determinada parte de la península para justificar el posterior «confinamiento» nacional, un «confinamiento esencial» que tratan de disturbar nacionalistas, izquierdistas indefinidos y derechas pragmáticas.

No es esta una tesis nueva de Pedro Insua, ya está presente en su polémica con el profesor Pérez Herranz sobre el imperio español en las páginas de la revista digital «El Catoblepas» en el año 2003; aún no se había publicado «EL mito de la izquierda», pero el texto se discutía en los seminarios y flotaba ya en estos artículos polémicos defendiendo que el concepto de Nación política impuesto por Francia, como el proceso de soberanía por el que un territorio de un viejo reino se transformaba internamente triturando las viejas capas estamentales en átomos -a imagen de las ciencias fuertes como la química que surgieron en el XVIII-, es decir, en ciudadanos que se homogeneizaban con los mismos «derechos y deberes», para volverse reagrupar dichos átomos, que políticamente dispersos no tendrían significación, dentro de la figura política Nación, sería el transformado de lo que fuera el antiguo régimen monárquico. Esta era la consecuencia histórica «natural» por la que se resolverían el resto de los viejos regímenes de Europa, incluida la Monarquía Hispánica, camino de la modernidad, según Insua frente a la tesis de Pérez Herranz que entendía al Imperio español, simplemente, como un error y un lastre.

Nosotros pensamos que la tesis de Insua es la cuadratura del círculo ya que se lanza a analizar desde un Estado, el español, que tiene la forma de Imperio y se trasforma en algo mucho menor, en un Estado nación de estirpe Ilustrada liberal. Pedro hace una defensa de la España del barroco que precisamente viró su rumbo tras la Reforma (wesfalia) y la Ilustración (revolución francesa), tratando de pasar toda la evolución hispana y barroca por el quicio de la nación política que implica eliminar, por su trasfondo unitarista (es el objetivo del movimiento editorial e ideológico de Gustavo Bueno Sánchez, Roca Barea, Pedro Insua, Iván Vélez y Santiago Armesilla va dirigido contra el Estado de las Autonomías, movimiento dentro del programa político de partidos y medios como libertaddigital, Intereconomía, Posmodernia, el Español, VoX, C`s o UPyD, en eso contribuyó la fabricación de libros como el Mito de la Izquierda y España no es un Mito de Gustavo Bueno), el complejo sistema Imperial español y , lo que que aún es peor, ecualizarlo con el transformado moderno de su antagonista el reino de Francia.

Así Insua construye fantasmas de forma retrospectiva, forzando al límite los hechos históricos y sus interpretaciones. Vale todo para justificar esas posiciones ideológicas del presente. Es la justificación de una nacionalismo español decimonónico que arrasa con la complejidad de una edad media singular, como la de la península ibérica, de una modernidad barroco-hipánica contra la que se construirá Europa y que acabará en la derrota del mundo barroco hispánico al bloquearlo en naciones atómicas desconectadas unas de otras.

El programa de RH: España, como nación fraccionaria

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Ni nacionalismo centralista ni periférico han dado con las claves de la unión, trayectoria, composición y fragmentación de lo que supone lo intranacional y sobre-nacional del orbe hispano. Nuestra posición es clave y la desarrollaremos en varios artículos que llevan por título genérico: España, nación fraccionara. Una serie de artículos que se enfrenta al mito oscuro recreado por Pedro Insua y tiene este guión temático:

Creemos que uno de los errores centrales, ya en las tesis de Bueno, es la ecualización de Antiguos regímenes. No hay posibilidad de comparar reinos como los de Francia y España. Son entidades irreductibles una a otra y por lo tanto ambas proyectan modernidades completamente diferentes, antagónicas.

Esos reinos proceden de un magma, la cristiandad occidental, que en el caso español es de un particularismo radical con respecto al norte de los Pirineos (aunque el cristianismo medieval en el resto de Europa se dice en plural y no en singular, apenas controlado por los Estados Vaticanos como agencia internacional) como consecuencia de la figura de Alándalus. De ninguna manera aceptamos que Alándalus sea una especie de agente exterior contra el que se despliegan los cristianos del norte. Reconocemos a Alándalus como figura hispánica y conformadora de la especificidad trinitaria ibérica.

No reconocemos la tesis del recubrimiento total de la tierra, de la vuelta materializada por Magallanes, como hecho definitivo de la conformación de la Monarquía hispánica. Para nosotros se da un cierre geopolítico histórico, una clausura tecno-político-nematológica, en el tornaviaje de Urdaneta conjugado con el concilio de Trento. Es ahí donde encontramos la hispanidad materialmente conformada y no en el siglo anterior, aunque reconocemos que es un preámbulo indispensable.

Frente a dicho cierre se organiza el protestantismo (fundamentalmente el calvinista), el anglicanismo y Francia. No existe Europa hasta el siglo XVIII, y se articula frente al mundo barroco-católico hispano. Por tanto nuestra vuelta a Bueno estaría clara: no sería «España frente a Europa», sino «Europa frente a España».

Europa derrotaría al mundo Barroco-católico bloqueándolo gracias al modelo de Nación política atomista, propio de Francia. Por tanto España no puede oponerse a Europa, ya que España (y Cataluña no hace más que seguir el modelo español) es un nacionalismo fraccionario de la hispanidad que busca bloquearla y sabotearla.

No podemos decir que en doscientos años de Estados nación, forjados al modo francés, ninguna de esas naciones que antes estaban bajo la hispanidad y la norma católica hubiesen aportado algo al mundo. Pero tampoco podemos obviar esos doscientos años. Nuestra tesis es que la salida de España y el resto de la naciones hacia una Confederación iberoamericana de naciones sólo es posible si se potencia el particularismo local, lograr un particularismo conjugado con un internacionalismo hispano, que desborde el nacionalismo y el soberanismo monista que defiende Pedro Insua. De ello hablaremos a lo largo de los siguientes artículos.

Héctor Ortega
Hugo Felguerinos

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