Meditaciones de un viejoven español en tierras hispanoamericanas

Había un muchacho con un traje de verano amarillo claro, de corte anticuado, una corbata púrpura y un panamá con el ala medianamente levantada, que sobresalía de entre todos los demás por su voz chillona. Pero apenas Aschen- bach lo hubo mirado con cierto detenimiento, se dio cuenta, no sin espanto, de que se trataba de un joven falsificado: era un viejo, sin duda alguna

Thomas Mann, «La muerte en Venecia»

Hay algo sórdido en enmascara la vejez bajo falsos plumajes de juventud. Es ese desagrado de Gustavo Aschenbach, el protagonisa de «La muerte en Venecia» al encontrarse con un viejo petimetre revoloteando alrededor de jovencitos que lo toleran con un punto de displicencia. La novela va de eso, de la decrepitud, que es no aceptar la propia vejez, el final de la existencia, ante el deslumbramiento de una juventud que por mucho que la deseemos ya no la podemos alcanzar.
Este verano un viejoven español en la cincuentena larga, Juan Carlos Monedero, recorrió tierras de la América hispana con su atuendo jovial y juvenil (aunque no hagamos sangre, hay que reconocer que Monedero se pone corbata y guarda un cierto decoro. Los hay peores en su deseo de aparentar juventud), cargado de cachivaches inservibles que pretendía rentabilizar en las tierras hermanas de la hispanidad americana como las multinacionales colocan en los mercados secundarios los productos ya pasados de moda en los países del capitalismo central. Fue recibido Monedero en su gira de conferencias iberoamericanas con el respeto y la admiración con la que lo fuese Ortega en las tres giras que protagonizó por las mismas tierras el siglo pasado, un respeto reverencial ante los «intelectuales» de la nación hermana de Europa. Y se puede decir que su actitud ha sido un calco a la del eximio filósofo: exquisitamente europea, es decir, asquerosa.
El papagayo, en su forma de homo sapiens, toma la forma de «intelectual europeo», ser que hincha el pecho, despliega las multicolores alas, y confunde lo que es la hospitalidad fraterna con la admiración a una superioridad que sólo cabe en la fantasiosa mollera de nuestro papagayo. Don José, al que de joven enviasen a estudiar en Alemania, se pasó sus días argentinos -además de admirando las calidad y donaire de las caderas, y lo que tras ellas caía, de las mujeres porteñas- haciendo un distingo estúpido, fabulando una diferencia insalvable, entre las tierras de la desembocadura del Río de la Plata y la meseta ibérica. Aquella jeremiada tonta y soberbia de don José se ha implantado como canon, para ello sólo hay que echar un vistazo a las conferencias de Monedero que en el cono sur se presentó a hablar como «europeo» antes que como hispano. Un rosario de prejuicios, de absurdos complejos de superioridad, se adivinan a lo largo de la conferencia enmascarados bajo una falsa modestia que siempre esconde un a lección magistral del maestro al pobre aprendiz : presumiendo de educación alemana, aunque echando agua al vino con un chiste que salva la situación por la buena predisposición de los oyentes; poniendo constantemente ejemplificaciones con España como medida de las cosas; hablando de un obscuro y abstruso Sistema (¿llevaría el buen Juan Carlos las obras completas del ex presidiario Mario Conde? Es El «Sistema» al que el banquero culpa de la estancia en varias instituciones penitenciarias); va barajando términos como «izquierda» y «pueblo» sin discernir, nada queda claro, una vaharada de humo, smog londinense, salido de las viejas chimeneas de la New Left Review, tan obsesivamente obcecada en tomar posiciones en tierras hispanoamericanas como Vernon, y, hasta ahora, tan fracasad como el almirante; continuas referencias a autores extranjeros (Walter Benjamin, Poulanzas), un europea de España no piensa, traduce, no construye las coordenadas para interpretar su realidad, simplemente le da al botón de traducir y espera que del norte de los Pirineos salga la respuesta; también hay, y justo es decirlo, alguna crítica buena sobre la necesidad del Estado, con visos de materialismo, el esbozo de la posibilidad de un marxismo alternativo, hibridado con el interesante Boaventura, pero pronto emborrona en pares abstractos y manierismo oratorios.
Tiene su gracia ver a Monedero, que cuando va a Barcelona no dice España ni harto de cubatas, llenársele la boca del nombre de la patria en cuanto pone pie en tierras americanas. Un «España» que resuena como un cañonazo; al que se le disparan la P y la Ñ con una fuerza que casi echa uno cuerpo a tierra. Es un nacionalismo profundamente desagradable y, paradoja de las paradojas, profundamente traidor. Un nacionalismo que levanta muros más altos que los de Trump, que convierte el atlántico en un foso insalvable y nos aleja de nuestros pares americanos para englobarnos con un europeos que ninguno de nosotros conocemos, porque en realidad esos «hermanos europeos» no existen. Es así que nos quedamos aislados de nuestros hermanos, de la comunidad hispana a la que pertenecemos, y, al tiempo, debilitados porque ese nacionalismo es la infección que hace soñar a algunos catalanes en ser eso entelequia llamada Europa.
Y es aún más triste cuando en Quilmes, en el viejo Virreinato de la Plata, preguntado por el «petro» -intento de moneda común venezolana-, tras un acertado diagnóstico, el problema es plantear el «petro» desde una nación y no desde una confederación de naciones, se esconde la traición del hispano que habla de sde una postura extranjera, con esa suficiencia de «europeo» que da lecciones desde fuera.
Monedero es un conservador español, por mucho que se disfrace de jovencito enrollado. Monedero vende la vieja mercancía de la izquierda británica (se nota la mano de la New left Review) que al final, de buena o mala fe, hace el juego a Londres. El conservadurismo de Monerdero, que promete socialdemocracias de la guerra fría inviables porque el Gran Muro se desplomó para no levantarse más, es insoportable para los que componemos RH. Me preguntaba Muniente ante las críticas que hacía a esos videos en el foro lo siguiente : «¿Insinúas que es más RH su padre de Vox que él..?» No me meto con un buen señor propietario de una tienda de ultramarinos y sus desvaríos políticos. Como sabe Muniente, los revolucionarios de verdad, como su admirado Iósif, zar y filósofo, salen de seminaristas rebotados más que de hijos de tenderos que ,como la cabra tira al monte, acaban por tendera enfundarse camisas de color.
Un revolucionario de verdad es como aquél Obispo en el Siglo III al que le explicaban los secretos del dios de la filosofía y respondía con sorna «yo es que no sé rezar a un Dios sin barbas» . La revolución se hace señalando, poniendo barbas, un revolucionario no está para abstracciones: Sistema, Democracia, dualismo Ricos /Pobres, ideal de Humanidad armónico. Tal como lo vemos desde RH la realidad se presenta desde un paluralismo materialista: no hay Capitalismo, sino capitalismos, encarnados en diferentes instituciones que se enraízan en tradiciones históricas dispares y enfrentadas, hay multiplicidades de clases de ricos/pobres, enfrentadas en sus contextos, naciones e imperios, pero que, y como muestra valga el botón de la I Guerra Mundial, se alían entre ellas frente a los pares ricos/pobres, de otras esferas. Si Monedero fuera un verdadero revolucionario para frasearía a Terencio que dijo «Hombre soy, nada de los humano me es ajeno», teniendo en cuenta que ser «Hombre» era ser «romano». Un discurso revolucionario, y verdaderamente humilde, sería parafrasear a Terencio y decir a nuestros hermanos hispanoamericanos: «Hispano soy, y nada de lo hispano me es ajeno». Esa es la verdadera revolución y el programa de RH.

Hugo Felguerinos

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