El estertor de las viejas naciones liberales

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Tenemos derecho a ser iguales cuando la diferencia nos inferioriza, tenemos derecho a ser diferentes cuando la igualdad nos descaracteriza

Boaventura de Sousa

 
Hay muchos factores que están influyendo en la crisis política española, entre otras, desgaste del Régimen del 78, irredentismo nacionalista, lucha por influencia política y económica en torno a Barcelona y Madrid, crisis económica internacional y de deslegitimación democrática.
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Seguramente sean muchas las líneas por las que la gente ha salido masivamente a las calles en Barcelona y que se están extendiendo por el resto del país en la actualidad. No habría que desconectarlo de las grandes movilizaciones de hace 6 años y que se han venido escalonando (Plaza Cataluña, Rodea el Congreso, Gamonal). Las calles estaban llenas de personas que creían ver el fin de un sistema global viciado y que los estaban dejando en la estaca para superar la crisis financiera iniciada en 2008 (precarización de las condiciones laborales, paro masivo, rebaja de prestaciones sociales, empeoramiento de los servicios públicos sanitarios, educativos, productivos)

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La urdimbre del siglo XXI: la disolución nacional y las nuevas tecnologías

Mapa de cables de fibra óptica mundial
Para hablar de una figura como la Comunidad, entendiéndola como posible figura política protagonista de este siglo, hay que acotar los cambios tecnológicos que están degradando el Estado-nación y la idea de ciudadanía. Gustavo Bueno en su libro “El mito de la izquierda” explica que el paso de la sociedad estamental de Antiguo Régimen al Estado-nación o Nación política, se hace por un juego de proyección entra la política y lo científico. Los revolucionarios franceses se inspiraron en las ciencias fuertes, ciencias cerradas como la química, para aplicar su racionalidad al mundo político. La Gran Revolución francesa trituró la sociedad estamental del Reino de Francia – un voto por estamento en las Cortes del reino-, hasta convertir a sus componentes en individuos atómicos, en elementos de la tabla química de Lavoisier, en ciudadanos a los que se les otorga una carta de derechos que, como los átomos por si solos no pueden hacer política sino que tienen que agruparse en un conjunto, se organizan en la Nación política soberana. Es la base ideológica de la figura institucional que nos ha representado políticamente estos dos últimos siglos. Una ideología que nació con el florecimiento de las ciencias fuertes de los siglos XVII y XVIII, con aplicaciones técnicas como la máquina de vapor de James Watt patentada en 1769, veinte años antes de la Gran Revolución en Francia.

El gran acompañante tecnológico de la Nación política, quien le dio fuste y vigor,  fue el ferrocarril. Es el patrón tecnológico que permite a la Nación política marcar su territorio. Mediante la expansión de la red ferroviaria, los nuevos gobiernos nacionales soberanos irán apoderándose del territorio nacional. Un territorio nacional más accesible gracias a las comunicaciones rápidas, las condiciones técnicas para la implantación del modelo económico burgués del siglo XIX están dadas. Durante los dos siglos siguientes, todas las innovaciones tecnológicas tendrán esa escala nacional: telefonía, redes de carreteras, radios, televisiones… Todos los medios de comunicación de masas de la segunda parte del siglo XX se amoldan a dichos parámetros; con la excepción, que confirma la regla, de los satélites y una mínima conexión internacional por medio del telégrafo y las comunicaciones telefónicas –avanzado ya el siglo XX- internacionales. Un modo de organización que se rompe en 1987 con la explosión en el mundo financiero, el del Big Bang comunicativo y la informatización de las plazas financieras, promocionado por la dupla anglosajona Thatcher y Reagan. Es en el ámbito de las finanzas en el que se aplicará en la esfera civil algo que se venía estudiando en el campo militar desde hacía años. El germen de la sociedad 2.0 que hoy conocemos fecha su núcleo en esas décadas de finales del siglo XX.
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